lunes, 14 de mayo de 2018

Eduard Limónov



En su biografía novelada de Limónov, Emmanuel Carrère hace una descripción del presidente ruso Putin que resulta muy interesante:

“Para la campaña electoral de 2000, publicaron un libro de entrevistas con Putin titulado 'En primera persona'. Título probablemente elegido por algún comunicador, muy acertado. Podría aplicarse a toda la obra de Limónov y a una parte de la mía. Con respecto a Putin, no ha usurpado el título. Dicen que habla el lenguaje estereotipado de los políticos: no es cierto. Hace lo que dice, dice lo que hace, cuando miente lo hace con tanto descaro que no engaña a nadie. Si uno repasa su vida, tiene la perturbadora sensación de que es un doble de Eduard (Limónov)… Desconfió de la perestroika, aborreció que unos masoquistas o agentes de la CIA se rasgaran las vestiduras por el gulag y los crímenes de Stalin, y no sólo vivió el fin del imperio como la catástrofe más grande del siglo XX, sino que todavía hoy lo afirma sin rodeos. En el caos de los primeros años noventa estaba en el bando de los perdedores, los engañados, y se vio obligado a conducir un taxi. Le gusta, como a Eduard, que le fotografíen con el torso desnudo, musculoso, en pantalón de faena, con un puñal de comando en el cinto. Al igual que Eduard, es frío y astuto, sabe que el hombre es un lobo para el hombre, solo cree en el derecho del más fuerte, en el relativismo absoluto de los valores, y prefiere inspirar miedo que sentirlo. Como Eduard, desprecia a los lloricas que consideran sagrada la vida humana… Le diferencia de Eduard el hecho de que ha triunfado. Es el amo. Puede ordenar que los libros escolares no sigan hablando mal de Stalin, meter en cintura a las ONG y a los hipócritas de la oposición liberal…. Hay algo más. Putin repite en todos los tonos algo que los rusos tienen una necesidad absoluta de oír y que puede resumirse así: ‘No tenemos derecho a decir a ciento cuenta millones de personas que setenta años de su vida, de la vida de sus padres y de sus abuelos, que aquello en lo que creyeron, por lo que se sacrificaron, el aire mismo que respiraban, que todo eso era una mierda. El comunismo ha hecho cosas horribles, de acuerdo, per no era lo mismo que el nazismo. Esta equivalencia que los intelectuales occidentales exponen hoy como obvia es una ignominia. El comunismo era algo grande, heroico, hermoso, algo que confiaba en el hombre y que daba confianza en él. Había inocencia en aquella fe, y en el mundo despiadado que vino después cada cual la asocia confusamente con su infancia y con las cosas que te hacen llorar cuando respiras bocanadas de la infancia.”

El pensamiento de Putin se puede resumir con esta frase de Putin que Carrére sitúa al comienzo del libro:

“El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón.”

Carrére, al final de su obra, piensa que no hay diferencia entre Putin y su enemigo Limónov. Y ahí tenemos la gran diferencia entre la actual Rusia y el Occidente marcado por los derechos humanos y las ONG. Tanto Putin como Limónov detestan hablar del pasado condenándolo constantemente. ¿Nos imaginamos algo así en España, donde se ha instaurado el odio hacia el pasado?


Viví los diez últimos años de Franco. Conservo los recuerdos de una niñez feliz. Nada me hacía pensar que vivía en un régimen de terror. Comprendo a Putin cuando afirma “las cosas que te hacen llorar cuando respiras bocanadas de la infancia”. Cuando murió Franco, apenas recuerdo que se le mencionara tanto como ahora. Ni se le abominaba ni se le glorificaba. Simplemente, no queríamos hablar de él. Sin embargo, sí existía un rechazo hacia Franco, en el sentido de que representaba todo lo que odiábamos de nuestros padres. Como el anti catolicismo se había instaurado en España, veíamos en Franco a un militar ultra católico que sumió al país en un aburrimiento continuo. Yo creo que, de no haber irrumpido el PSOE con su infame Ley de la Memoria Histórica, mi visión de Franco seguiría siendo la misma. Pero cuando observo cómo, tras las órdenes de una izquierda acomplejada eternamente por su derrota en la guerra, las ciudades españolas están siendo despojadas de todo vestigio franquista, siento que están robando a las generaciones anteriores, a nuestros abuelos y padres y también a los niños que vivimos en el franquismo, nuestra historia. Están derribando para construir. Y a mi eso no me gusta nada. Me repugna. Porque están despojando a nuestros abuelos de su vida. En una ocasión mi madre me dijo que tuvo una infancia y juventud muy felices. Fueron los años de la posguerra y los años 50. Evidentemente, mi madre no estaba pensando en Franco, estaba pensando en su infancia y juventud. Mis abuelos trabajaban mucho para poder comer. El abuelo salía a menudo al campo para llevar comida a casa. Pero en pocos años los españoles progresaron. Y yo nací en los prósperos años 60, cuando España ya había sido invadida por el turismo. No tengo una imagen en blanco y negro de aquellos años, sino con mucho color. Recuerdo las canciones de verano, las vacaciones en la playa, la alegría de vivir, las familias felices… Nuestros abuelos y padres trabajaron muy duro para que España progresara. Que lo hicieran mientras mandaba Franco es lo de menos. Pero lo cierto es que consiguieron que España tuviera una prosperidad como jamás había tenido. Hoy afirmar esto te convierte en un sospechoso fascista al que hay que enchironar de por vida. Pero a medida que me hago más viejo, más pienso en la deliciosa frase de mi madre. Y siento una inmensa tristeza cuando observo que todo el mundo de mis abuelos y padres lo están destruyendo. Y lo están destruyendo porque la población ha sido adoctrinada por una izquierda que no gobierna pero que domina el pensamiento. En mi ciudad, que fue del bando nacional desde el comienzo mismo de la guerra, se acaban de instalar por todas partes recordatorios de lo terrorífico que fue el régimen de Franco. Es algo grotesco. Como si en una ciudad, tan solo entraran en su historia, 40 años. Naturalmente, estas inscripciones callejeras han sido copiadas de las de Berlín, que tiene en sus calles carteles explicando que aquí o allí se encontraba la Cancillería de Hitler o el Ministerio de Propaganda de Goebbels. Pero hay una enorme diferencia: Berlín fue destruido por completo y España no. Alemania perdió una guerra como ningún país en la historia la ha perdido. Para que no quedara nada del pensamiento nacionalsocialista, se obligó a la población a “desnazificarse”. El experimento funcionó claramente. Aunque en la posguerra aún había un porcentaje pequeño de alemanes que consideraban que Hitler fue un buen gobernante, podemos ver cómo es posible cambiar la mentalidad de los ciudadanos mediante informaciones diarias. Ese cambio de mentalidad no se dio en España mientras gobernó Franco, pero se ha terminado instalando en los últimos años.

Yukio Mishima
Y aquí es donde Limónov se niega a ser, válgame el símil, “desnazificado”. Él huyó de la Unión Soviética, para salir del aburrimiento y buscar la gloría, y cuando regresó y vio que se estaba destruyendo todo lo que tanto costó levantar, se defraudó totalmente. Limónov describe a los exiliados rusos de Nueva York como unos desgraciados que llevan marcado el sello de la infelicidad. Incluso muchos de ellos albergaban la esperanza de poder regresar al lugar que tanto les había abrumado. En cierto modo, podemos encontrar muchas similitudes entre Limónov y Yukio Mishima. El escritor japonés también se negó a ser “desnazificado” y murió tras amotinarse y reivindicar las tradiciones japonesas que se estaban perdiendo. Limónov también tuvo su golpe de estado particular. No lo pagó con la muerte, como Mishima, pero ha estado encerrado en varias ocasiones. Limónov y Mishima reclaman cosas por las que la mayor parte de la prensa y la gente se escandalizan.  Ambos tienen una estética provocadora. Ambos son narcisistas. Existen fotografías de los dos escritores ciertamente escandalosas. La relación de Mishima con el joven Morita, que morirá junto a su jefe, se podría comparar con la de Limónov y su lugarteniente Rabko: fidelidad y admiración absolutas. 
Limonov y su lugarteniente Rabko
Mishima rodeado de fieles

Limonov rodeado de fieles
Limónov estuvo un tiempo influido por el geopolítico Duguin, quien venera por igual a Lenin, a Mussolini, a Hitler, a Leni Riefenstahl, a Julius Evola, a Jung, a Mishima, a Wagner o incluso a Che Guevara. Hay que ser un completo outsider para admitir semejante maremagno en tu cabeza. En todo caso, para comprender lo que va a suceder en Rusia es necesario leer a Duguin. 

Limónov definió perfectamente su desencanto con Occidente. No solo describe perfectamente su desencanto. Nos define a la perfección como sociedad, incluso 40 años después:


“Recibo una prestación social. Vivo a vuestra costa, vosotros pagáis impuestos y yo no hago una mierda… Me considero un canalla, un despojo de la sociedad, no tengo vergüenza ni conciencia porque no me martiriza, no tengo intención de buscar trabajo, quiero recibir vuestro dinero hasta el fin de mis días…. ¿Que no os gusto? ¿Que no queréis pagar?… presentad vuestras reclamaciones ante vuestra propaganda, porque es demasiado fuerte. Es ella, y no yo, la que os vacía los bolsillos.

Me pregunto si en España sería posible un líder político que pronunciara esta frase:

“El que quiera restaurar el franquismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón.”

Ciertamente no sería posible. Y esa es la diferencia con respecto a Rusia. Esa diferencia es la que hace que muchos vean a Rusia como un país en donde no respetan los derechos humanos bla bla bla. Pero esa diferencia hace también de Rusia un país libre. Bastante más libre de lo que lo somos nosotros.