jueves, 16 de noviembre de 2017

Fui asistente del Doctor Mengele



Paseando por el barrio judío de Cracovia observé que se vendía por todas partes un libro, con portada negra, llamado “Fui asistente del Doctor Mengele”, de Miklós Nyiszli. Lo cierto es que se puede adquirir fácilmente en cualquier lugar y, evidentemente, en Auschwitz. Lo compré en una tienda judía porque quise conocer qué lee la gente que llega a Polonia y visita los campos de concentración o los lugares históricos de la II Guerra Mundial. Hace muchos años que no leo libros sobre el holocausto y, tras visitar estos lugares, se despertó el interés de nuevo.

He leído el libro sin buscar información en Internet sobre su autor, para no contaminarme. Sin embargo, apenas comenzado el libro, ya suscita sospechas. Para que no queden dudas del testimonio del autor, en el prólogo se advierte que el doctor Franciszek Piper, responsable de la Sección Histórico-Científica del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, ha dado su bendición a la declaración. Llama la atención el hecho de que Piper dé por válidas las cifras del doctor Nyiszli, que él mismo ha certificado que fueron un millón cien mil, cuando el mismo Nyiszli habla de “millones y millones”. Tan obsesionado está Nyiszli con las cifras millonarias que no duda en afirmar que el Sonderkommando tiene que “arrastrar cada día sobre el cemento millones de cadáveres.” Más adelante asegura que ese mismo Sonderkommando “han ofrecido ayuda a millones de personas. En otra ocasión nos dice que vio “a millones de mujeres que caminan junto a las barracas”. 

Un aspecto que se repite mucho en las historias sobre el Holocausto es la memoria. También se hace mención en el prólogo pero el aserto que lo acompaña es ciertamente curioso: “la historia es un ciclo y nunca ha sido capaz de enseñar nada a nadie. Vivimos y trabajamos conscientemente por una utopía, que esto no vuelva a repetirse”. Así que Auschwitz se enseña al mundo aún a sabiendas de que es una utopía que no vuelva a ocurrir. El holocausto, religión contemporánea, se explica aún a sabiendas de que es una utopía que no vuelva a ocurrir. Algo ridículo si tenemos en cuenta que, ni es la primera vez que ocurrió, que ocurrió después del propio holocausto, que seguramente ocurra en nuestros días y que, lamentablemente, ocurrirá. Lo que nos lleva a pensar que, cuando vemos Auschwitz, estamos viendo algo “obvio” del ser humano. Tan inseguro se siente Nyiszli en el relato que se llega a preguntar si realmente alguien le va a creer. Asegura que no hay palabras para describir lo que ha visto pero que se propuso “fijar bien en mi memoria las imágenes para no olvidarlas nunca”.

El relato de Nyiszli comienza con una declaración, casi jurada, de que todo lo que va a narrar fue cierto. Empieza mal, muy mal, ya que habla de un fuego “que devoró millones de cuerpos”, lo cual es a todas luces falso. Las cifras de muertos de Auschwitz han variado tanto desde la guerra, que en un principio se enseñaba a los visitantes una placa en donde rezaba que allí habían sido asesinados 4,5 millones de personas. Después la cifra se fue rebajando hasta quedar en la cifra, aceptada hoy en día de 1,5 millones. Por otra parte, Nyiszli estuvo solo unos meses en Auschwitz, así que su declaración no puede ser otra cosa que una falsedad. De hecho, hasta los propios editores, se ven obligados a  aclarar en las notas “que algunos prisioneros, pero también SS que fueron testigos de los crímenes cometidos en el campo de concentración, estaban convencidos de que el número de víctimas rondaría algunos millones”. Más desfachatez no se puede tener. La obsesión por los millones le lleva a una especie de paroxismo al afirmar que Mengele hizo autopsias de millones de inocentes. Ciertamente los alemanes son muy eficaces pero cuesta imaginarse hacer millones de autopsias en el lapso de tiempo de menos de dos años, el tiempo que Mengele estuvo en Auschwitz. Desconozco si la traducción del libro que tengo en mis manos es la correcta o de si se trata de una broma de mal gusto pero es que Nyiszli asegura que se encerraba “a millones de personas en una única barraca, que ni siquiera se podría utilizar como establo”. Pero no, no debe tratarse de una broma. Él insiste de manera obsesiva: “la chimenea infernal que alimenta el fuego que cada día devora a millones de cadáveres de hermanos empujados a la muerte tras sufrir infinitas torturas y la cámara de gas”. 

Entrados en su fantástico relato, ya en su primer capítulo, el bueno de Nyiszli cuando llega a Auschwitz dice que “nunca hemos escuchado hablar de este sitio”. El dato es importante porque, si un judío en el año 1944 (tras varios de funcionamiento) no había oído hablar nunca de Auschwitz, ¿cómo es posible que haya autores que pretendan culpar a todo el pueblo alemán del holocausto si ni siquiera las víctimas conocían el mayor centro de exterminio de la historia de la humanidad? Sin embargo, el listo de Nyiszli, nada más entrar ya es capaz de oler “la peste de los millones de cadáveres quemados y por la acroleína”. 

Al tercer día, el médico Nyiszli ya sabe que va a morir, a pesar de que el mismísimo y celebérrimo doctor Mengele decidió que trabajara para él. Para presentarse ante la humanidad como un dechado de virtudes, el autor nos dice que añora los tiempos en que era feliz intentando curar a sus pacientes y la alegría que tenía cuando lograba ayudarles. De lo que no nos tiene que quedar ninguna duda es de que Nyiszli era una buena persona. Para entonces, el autor ya sabe que en Auschwitz se extermina y que su familia probablemente haya sido eliminada por orden de Mengele. Sin embargo, su esposa y su hija sobrevivieron como él. 

Nyiszli supo bien pronto que los crematorios fueron construidos por “millones de prisioneros”, como “millones de personas han bajado de los trenes en la terminal ferroviaria y han entrado directamente a los patios de los crematorios.” Ya vemos que, incluso cuando los propios editores tienen que corregir el número de víctimas, no se molestan en eliminar las numerosas partes en que el autor asegura que murieron millones de personas. La obsesión es tal, que se repite en innumerables ocasiones a lo largo y ancho del relato. 

Nyiszli se refiere a los judíos como “el pueblo elegido de Israel”. He aquí un ejemplo magnífico de cómo el racismo es perverso para todo el mundo menos para los propios judíos, que no tienen ningún remilgo en afirmar que son “un pueblo elegido”. Si de lo que se trata es de poner en evidencia a la “raza aria” se hace un flaco favor afirmando que hay otra “elegida”. 

Como vemos, a los pocos días Nyiszli puede observar perfectamente todo el proceso de exterminio con sus propios ojos, desde que se hace la selección, pasando por la recolecta de ropa “para la población alemana que sufre los bombardeos”, les ve entrar en la sala desnudos, se fija en todo tipo de detalles. En 5 minutos certifica que se ha liquidado a 3000 personas mediante Zyklon-B. Después observa cómo los asesinos que llevaron el gas “se fuman un cigarro sentados en el coche”. Y el mismo Nyiszli puede observar el lugar del crimen con sus propios ojos y sin máscara de gas. Ve la montaña de cadáveres. Magnífico privilegio el suyo de poder observar, al tercer día de su llegada al campo, el mayor secreto de la historia de la humanidad. 

Pero eso no es todo. La siguiente declaración es interesante: “Aquí no tengo ninguna obligación, pero aun así he bajado donde se encuentran los muertos. He adquirido una responsabilidad muy grande con mi gente y con el mundo entero: si por alguna razón, por los caprichos del destino, salgo vivo de aquí (algo con lo que no puedo contar ni hacerme ilusiones), podré ofrecer testimonio de todo lo que he visto con mis propios ojos”. 

Resulta interesante comprobar la facilidad con que Nyiszli se mueve libremente por todo el campo, a pesar de ser judío. Pero de ahí a poder ver la pira de cadáveres recién gaseados, al tercer día de llegar al campo roza lo cómico. Obsérvese que Nyiszli se cree que tiene un don casi divino para mostrar “al mundo entero” lo que vio en el dantesco campo de concentración. Y ese “mundo entero” es importante porque, efectivamente, al mundo entero se ha extendido el relato del holocausto. 

Nyiszli puede observar cómo los miembros del Sonderkommando (judíos encargados de llevar a la muerte a sus hermanos judíos) logran meter los  cadáveres a un ascensor “del cuarto de al lado”. Y dice que en el montacargas caben veinte o treinta cuerpos que van directamente al piso de los hornos. Un simple cálculo nos indica que para liquidar a todos los judíos recién gaseados el Sonderkommando necesita hacer esa operación… ¡100 veces por gaseamiento! Sin olvidar que el testigo no dice nada de si llevaba una máscara porque es de suponer que un gas tan letal, capaz de liquidar a 3000 personas en minutos, le liquidaría a él o, por lo menos, le ocasionaría graves consecuencias. Pero eso no es todo, después de gasear a los judíos, se procedía a raparles el cabello. Para esto ya tiene excusa: “el pelo humano no reacciona ante el aire seco y húmedo y facilita la precisión de las bombas. Por lo tanto, los cadáveres son también rapados”. Yo soy incapaz de imaginarme a nadie rapando las cabelleras de 3000 cadáveres. Absolutamente incapaz. Imaginemos lo que debe costar rapar 3000 cadáveres con las herramientas de la época. Piénsese bien: ¡3000 cadáveres!

Bien. No solo eso: ¡también había que extirparles los dientes de oro! Imaginemos lo que debe suponer 3000 cadáveres a la búsqueda de oro en minutos. Pero Nyiszli tiene su coartada: “los componentes de este Kommando son buenos odontólogos y cirujanos”. ¿No es para desternillarse de risa? Asegura nuestro intrépido médico que en cada gaseamiento se podrían conseguir varios kilos de oro “dependiendo de si son pobres o ricos”. Los nazis eran tan idiotas que no tenían la precaución de gasear a los ricos separados de los pobres, aunque solo fuera para evitar la tediosa labor de buscar oro en las dentaduras de las víctimas. 

Para toda esta tremenda labor, nos dice Nyiszli que transcurren solo veinte minutos. Y calcula que unas 20.000 personas eran gaseadas diariamente.  

Pero lo que resulta muy ilustrativo es la relación del autor con el “gancho” del libro, que no es otro que el malvado doctor Mengele. A pesar de que el título de las memorias es “Fui asistente del doctor Mengele” lo cierto es que apenas se nota el cargo del prisionero. Es de suponer que cuando eres asistente de alguien tengas muchas ocasiones de tratarle y puedas dejar constancia del carácter de tu superior. Curiosamente, en el libro no hay apenas anécdotas con Mengele, no hay frases del terrible doctor, no hay ni siquiera descripciones físicas de quien ha pasado a la historia como el más terrible médico de todos los tiempos. Pero es que, por no haber, no hay ni siquiera relatos de los supuestos experimentos médicos. Es más, para ser asistente del médico, nunca trabajaron juntos “mano a mano”, a deducir por las descripciones. Ni un trabajo de disección de gemelos juntos. Extraño, muy extraño. Y las pocas descripciones que nos ofrece se me antojan más dignas de la fantasía que otra cosa. Por ejemplo, el autor asegura que Mengele mataba “casi a diario” a gemelos: “para eso está aquí el doctor Mengele, para quitarles la vida”. De sobra es conocido eso de que la realidad siempre supera la ficción pero se me antoja ciertamente difícil conseguir un par de gemelos diarios para matarlos en el mismo día. Claro que cuando se trata de nazis ya se sabe, ellos conseguían lo imposible, por muy difícil de creer que resulte. “Nos encontramos frente a un caso único en toda la historia de la medicina”, se excusa Nyiszli, “en el campo de concentración de Auschwitz, en cambio, hay centenares de gemelos y su muerte ofrece muchas posibilidades de investigación científica.” Sin embargo, insisto, para ser asistente del terrible médico, el autor no nos ofrece prácticamente ninguna descripción de nada. Solo nos dice que morían gemelos. Absolutamente nada más. 

La conclusión a la que llega Nyiszli es que esos experimentos se realizan “para que una madre alemana siempre tenga gemelos. ¡Este plan es una absoluta locura! Lo han puesto en marcha los perturbados teóricos de la raza del Tercer Reich.” Y, para convencernos, nos dice seguidamente que Mengele, “era malvado”. Es curioso, porque a pesar de que califique de locura el plan de los malvados nazis, en la actualidad la reproducción asistida ha hecho que muchas madres tengan gemelos. Hoy en día es muy habitual ver gemelos por doquier. Ironías del destino. 

Un aspecto que me cuesta mucho creer es la complicidad que asegura Nyiszli existía entre los internos y las SS. Afirma que eran fácilmente sobornables, de hecho “todos los militares de las SS son fácilmente corruptibles si son abordados en solitario.” Es difícil de entender puesto que las SS fueron un cuerpo de élite que solo obedecían órdenes de su propia organización. Lo cierto es que, a pesar de encontrarse en el mismísimo infierno, al poco tiempo de llegar, nuestro testigo ya anda por todo el campo, inspecciona los gaseamientos en todas sus fases y ¡soborna a las SS para conseguir alimentos! Tanta confianza tenía nuestro intrépido médico que llegó incluso a ofrecer cigarrillos a un SS y que “nos saludamos como dos viejos amigos de la infancia”. No está mal para tratarse de nazis malvados. Sin embargo nótese que Nyiszli se ve obligado a afirmar su trato contranatura con los nazis para justificar su bondad, ya que todo lo que conseguía de los demonios era para los judíos del campo. 

El punto culminante del panfleto, el paroxismo más desternillante, llega en el capítulo XX cuando nuestro omnipresente médico es informado de que una mujer ¡ha sobrevivido a un gaseamiento! De inmediato nuestro héroe cogió su maletín y, a toda prisa se dirigió ¡a la mismísima cámara de gas! Yo mismo he visto esa cámara de gas, sin apenas más ventilación que una ranura del techo y mi lógica me diría que no me acercara allí después de haber sido asesinadas por gas letal varios miles de personas. Pero el intrépido doctor entra sin ninguna protección ¡y ni siquiera experimenta la más mínima molestia respiratoria! ¿No es sencillamente maravilloso? El relato de la superviviente no puede ser más escabroso. Nada más llegar a la letal cámara Nyiszli ve de inmediato a la mujer, jadeando y nos dice que “nunca había pasado algo así durante su trabajo”. Pero ¿cómo lo sabe si nos asegura que los propios miembros del Sonderkomando eran liquidados cada pocas semanas? ¿Cómo lo sabe si el doctor llevaba apenas unas semanas en el campo? No nos lo aclara, por supuesto. La desfachatez del relato es alucinante. No solo entró en la sala en donde se acaban de gasear miles de personas, es que cogió entre sus brazos el cuerpo de la jadeante víctima, eso sí, nos tranquiliza diciendo que su cuerpo “era ligero” ya que todos sabemos que es muy difícil coger a un cuerpo muerto. Pero más alucinante es que en su maletín milagroso disponía de “fármacos” con los que espabilar a la desdichada. ¡Y al momento sus esfuerzos obtuvieron resultados!

Por increíble que parezca, le ofreció a la chica ¡una taza de caldo caliente! Pero, ¿cómo se las arregló el doctor para ir a toda prisa, coger el maletín con todo lo necesario y con un tazón de caldo caliente? Este hombre nos toma por idiotas. Pero el patético relato no acaba ahí, claro. Nuestro ínclito doctor aún tuvo tiempo de ejercer de héroe. Decidió afrontar la situación “él solo”. “Para los alemanes las personas que saben hacer algo y les resultan útiles gozan de estima, aunque se encuentren en un KZ”. Bien, una vez libre de coartada, intenta salvar la vida de la adolescente pero no lo consigue. Un nazi terrible decide matarla para que los internos del campo no sepan lo de las cámaras de gas. Y yo me pregunto: ¿pero acaso no lo sabían todos ya, como bien se encarga Nyiszli de asegurar constantemente?

Es curioso la cantidad de ocasiones en que Nyiszli goza de privilegios como siestas, comida abundante, pastillas para dormir o leer antes de acostarse. Ciertamente, para tratarse del mismísimo infierno nuestro protagonista es un increíble afortunado. 

En una ocasión asegura que, durante una alarma aérea les ordenaron refugiarse en la mismísima cámara de gas. En la misma en la que supuestamente mueren gaseadas miles de personas diariamente. Por supuesto, siguiendo con su obsesión millonaria dice que “es terrible encontrarse en este lugar en el que han muerto millones de personas”.  Pues bien, en semejante tóxico lugar estuvo el doctor ¡durante 3 horas! Y salió incólume. ¿No es maravilloso?

Como es sabido, la mujer y la hija de Nyszli también estaban recluidas en Auschwitz por lo que decidió ir a buscarlas con la ayuda de un oficial nazi, que le permite pasar al campo femenino con total libertad. Ni el mismo Nyiszli se cree su mentira así que, esta vez nos advierte que “a lo largo de toda la historia de los campos de concentración quizás nunca haya sucedido que a un prisionero se le permita buscar a su mujer y a su hija y entrar en el campo femenino sin guardias”. Así es nuestro Nyiszli. Provisto de cigarrillos para sobornar a quien sea las encuentra. Nyiszli primero asegura que muchas mujeres habían oído rumores sobre los crematorios. Pero su mujer y su hija, después de tres meses, sabían perfectamente qué eran los Sonderkommando. ¿No es una contradicción absoluta? A partir de entonces Nyiszli asegura visitar casi a diario a su familia llevándoles “azúcar, mantequilla, mermeladas, pan…” y yo no hago más que pensar cómo se las ingeniaba nuestro doctor para pasear por un campo de concentración, donde asegura que la única comida era una sopa de agua y pan de serrín, con semejante botín sin que nadie de los esqueléticos internos se abalanzara sobre él. Mediante más de cien cigarrillos soborna a un miembro de las SS y consigue salvar a su mujer e hija. Ciertamente sorprende la facilidad que tuvo ese hombre para conseguir cigarrillos en el lugar más deshumanizado de la tierra. 

El libro está repleto de historias imposibles de creer, contradictorias todas entre sí, y el propio léxico del autor resulta tan cómico que cuesta creer que este libro se venda en Auschwitz y el público lo lea crédulo. Al terminar de leerlo consulté en Internet y, como imaginaba, abundan las entradas en donde se cuestiona su autenticidad. 


Apéndice:

Paul Rassinier, comunista interno en un campo de concentración, muy poco sospechoso de simpatías con el nazismo, fue la primera persona que cuestionó las cifras de muertos en los campos de concentración, incluso las mismas cámaras de gas. Al poco tiempo de salir a la luz el testimonio de Nyiszli, Rassinier quiso ponerse en contacto con él, ya que su relato le pareció contradictorio. Rassinier termina su obra “La verdad sobre el proceso Eichmann”, con un apéndice sobre el libro de Nyiszli. Esto es lo que dijo:

“A su debido tiempo, en mi calidad de historiador y de deportado, y en la creencia de que publicar relatos que estaban en evidente contradicción con la materialidad de los hechos, en lo que respecta a la conducta política del nazismo, sólo podía conducir a sembrar la duda en la opinión pública y a convencerla paulatinamente de que el nazismo era una fábula, me sublevé contra la tendencia de los editores a publicar cualquier relato de cualquier persona acerca de loscampos de concentración. El relato del Dr. Nyiszli estaba, según lo que «Les Temps Modernes» habían publicado de él, lleno de inverosimilitudes y de contradicciones, a las cuales se añadían las contenidas en la introducción de M. Tibère Kremer. En consecuencia, escribí al Dr. Nyiszli a través de «Les Temps Modernes». Por mediación de M. Tibère Kremer, 11 rue des Moulins, de Toulouse, recibí una carta que tengo a su disposición y que está en contradicción con el texto que acaba usted de publicar. Por ejemplo: M. Tibère Kremer, en su introducción de 1951, hablaba de 6.000.000 de judíos, de modo que toda la prensa reprodujo la información cargándolos a la cuenta de las cámaras de gas de Auschwitz. El Dr Nyiszli, por su parte, habló de 2.500.000, y esta fue la cifra aceptada por el Tribunal de Cracovia que condenó a Hoess, director del campo, a morir en la horca, el 4 de abril de 1947. Otro ejemplo: llegado a finales de mayo a Auschwitz y hablando de 20.000 judíos exterminados cada dia en las cámaras de gas, más 5.000 en los «foyers de plein vent», Nyiszli afirmaba que esto se venía produciendo desde hacía CUATRO años, y tal afirmación aparece también en la página 50 del libro publicado por usted. Sin embargo, si hubo cámaras de gas en Auschwitz, los documentos presentados en Nuremberg demuestran:

-- que fueron encargadas a la casa Topf, de Erfurt, el 8 de agosto de 1942, pero bajo la denominación
«Leichenkeller» y «Badeanstalt»;
-- que fueron instaladas en el campo en febrero- marzo de 1943.


Y el informe del Dr. Kasztner demuestra, por su parte -- dicho informe ha sido retenido en Nuremberg --, que las cámaras no funcionaron «desde el otoño de l943 hasta mayo de 1944». Etcétera. Podría alargar la lista, pero dado el tiempo que ello me exigiría no lo haré, a menos que usted tenga interés en que lo haga.

En cambio, sí deseo llamar su atención acerca de la versión alemana de «Médico en Auschwitz», publicada en forma de folletín en la revista ilustrada muniquesa «Quick», a partir del 15 de enero de 1961. Dicha versión está en flagrante contradicción, en casi todas sus partes, con la traducción de M. Tibère Kremer. He descubierto 31 contradicciones, sin contar las que proceden de una sintaxis deficiente, ni las que se encuentran en el propio texto. Ejemplo de contradicción absoluta: en el texto alemán, los crematorios incineran diariamente 10.000 personas, y en el texto francés, 20.000. Ejemplo de contradicción de autor: en una página se dice que se cortaba el pelo a los muertos, pero veinte páginas más adelante se afirma que la recuperación del pelo se hacía antes del envio a la cámara de gas. Además, M. Tibère Kremer ha efectuado numerosas correcciones a su primera versión: un tirador de pistola que en la primera versión hacía blanco a 40/50 metros de distancia, en la segunda versión no hace blanco más que a 20/30 metros. Un instituto que es el más famoso del III Reich en la primera, es el más famoso del mundo en la segunda, etc. Una de dos: o se trata de un documento que se hace público y debe ser el mismo en 1951 y en 1961, o se trata de un documento apócrifo. ¿Cómo quiere usted que nosotros, historiadores, salgamos honrosamente de este asunto, si somos inducidos a hablar de él? Automáticamente, se nos dirà que se trata de un documento apócrifo. Y, como la descripción de los lugares no coincide, ni en alemán ni en francés, con la descripción oficial derivada de los documentos presentados en Nuremberg, si se nos dice que ese tal Nyiszli no ha puesto nunca los pies en Auschwitz, existirán motivos más que sobrados para decirlo.Un ejemplo: las cámaras de gas, nos dice Miklos Nyiszli, tienen 200 metros de longitud, y el documento presentado en Nuremberg nos dice que tienen 210 m.2, 400 m2 o 580 m2 de superficie; esto significa unas anchuras de 1,05, 2 ó 2,90 metros, respectivamente, cosa que resulta inconcebible. Mucho más si se tiene en cuenta que 3.000 personas entran y circulan fácilmente por ellas, que tienen columnas en el centro y bancos a cada lado. Otro ejemplo: en la versión francesa hay 500 metros de un punto a otro, en la versión alemana 3 kilómetros, o viceversa. Etcétera. Cuando la versión alemana fue publicada en Quick quise escribir a M. Tibère Kremer: la carta me fue devuelta con la indicación: «No habita ya en estas señas». Escribí a Quick: me respondieron que no podían ponerme en contacto con el Dr. Nyiszli, porque estaba muerto (!).

Tal vez pueda usted transmitir estas observaciones a M. Tibère Kremer, del cual debe usted tener las señas, ya que obra en poder de su Editorial la traducción que acaba de publicar. Sólo me resta rogarle que no interprete torcidamente las observaciones que me he permitido hacerle. Los documentos históricos tienen derecho a ser respetados, y no deben publicarse a la ligera versiones que no puedan garantizarse. Desde hace quince años, y debido al interés que tiene para mis trabajos, he estado buscando el original del documento del Dr. Nyiszli, sin que nadie haya podido indicarme el lugar donde podría consultarlo. Los historiadores más notables del mundo no saben una palabra de él. Las versiones que han sido hechas públicas son divergentes y se contradicen de una página a la otra. El autor habla de lugares que evidentemente no ha visitado nunca, ya que de no ser así no asignaría 200 metros de longitud a una sala que sólo tendría, si fuese cierto, 1,05 o, como máximo, 2,90 metros de anchura... Detalles que llevan a la conclusión de que se trata de un documento apócrifo.”