miércoles, 22 de diciembre de 2021

Me siento Winston Smith

 



La figura de Winston Smith es triste, solitaria. Camina entre las calles sin mostrar la más mínima expresión. Se sabe vigilado hasta en su propia casa. Para burlar la vigilancia escribe un diario, a mano, la única opción que tiene si no quiere delatarse. Escribe sobre lo que acaba de ver en el cine. Las imágenes ofrecen al público, niños incluidos, el cruel asesinato de los disidentes, que celebra con gran estrépito. 


Durante los “Dos minutos de odio” se muestra a la masa la abyecta imagen de Goldstein, el terrible enemigo del régimen. Su sola imagen basta para enardecer a la masa, que exige su cabeza. Winston se sorprende al comprobar que él también grita. En poco tiempo el público tiene deseos de asesinar, torturar y aplastar caras. Todo el mundo se convierte en asesino, aun contra su voluntad. Solo la imagen del Gran Hermano logra templar al público. Como bálsamo, la masa se tranquiliza con los habituales lemas del régimen. Pero Winston duda. Algunos días cree al Régimen. Otros no. “Abajo el Gran Hermano”, escribe en su diario. No es necesario escribir los pensamientos porque incluso el régimen es capaz de descubrir al hereje en su pensamiento. El mero hecho de pensar algo, es descubierto mediante la “Policía del Pensamiento”. 


Me siento Winston Smith. Se borra el pasado para acomodarlo al nuevo pensamiento, a pesar de que dispongo de libros herejes que aseguran lo contrario. “La alteración del pasado es necesaria por dos motivos, uno de ellos es subsidiario y, por así decirlo, preventivo. Consiste en que los miembros del Partido, al igual que los proletarios, toleran las condiciones presentes solo porque carecen de un patrón de comparación. Es necesario aislarlos del pasado, igual que de los países extranjeros, porque es preciso que crean que viven mejor que sus antepasados y que el nivel de vida está aumentando constantemente. Pero, con diferencia, la razón más importante de ese reajuste del pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido”. 


Nuestra juventud, que como siempre se tiene por rebelde, no es más que una extensión ridícula del poder. Winston veía a los niños como odiosos. Los veía como “pequeños salvajes ingobernables y sin embargo, eso no producía en ellos ninguna clase de tendencia rebelarse contra la disciplina del Partido. Al contrario, adoraban al Partido y todo lo relacionado con él”. Así son nuestros jóvenes.


Me siento Winston, “perdido en un mundo monstruoso”. El futuro es inimaginable. Winston escribe su diario “al futuro o al pasado, a una época en la que se pueda pensar libremente, en la que los hombres sean distintos los unos de los otros y no vivan en solitario, a una época en la que la verdad exista y lo que se hace no se pueda deshacer: desde la era del doblepensar, ¡saludos!”. 


Observo impotente cómo lo que decían los medios de comunicación hace tan solo unas semanas, hoy es negado y olvidado. “Las vacunas inmunizan al 90%”, “con la vacunación venceremos al virus”. No se podía pensar de otra manera. Hacerlo equivalía a la mofa y desprecio. Hoy vemos que la vacuna no inmuniza pero prácticamente está prohibido decirlo. Al parecer tengo que conformarme con el pensamiento de que la vacuna no me mata. Puedo enfermar, eso sí, pero poquito. “El Partido podía modificar el pasado y decir que tal o cual acontecimiento nunca había sucedido”. Pero incluso Winston tiene la certeza de que el pasado había sido modificado. En la actualidad no hace falta. Basta con afirmar lo contrario. No hace falta modificar nada. “Si todos los demás aceptaban la historia que imponía el Partido, si todos los documentos contaban la misma historia, entonces la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad”. 


“Saber y no saber, ser conscientes de la verdad al decir mentiras elaboradas con sumo cuidado, sostener a la vez dos opiniones que se anulan, aun sabiendo que son contradictorias, y al mismo tiempo creer en las dos, usar la lógica contra la lógica”. 


La esperanza para Winston radicaba en los proles, que constituían el 85% de la población. “Si quisieran, podrían volar el Partido en pedazos… tarde o temprano se les tendría que ocurrir, ¿no? Y sin embargo…”. Y cuando Winston oye un tremendo griterío le da un vuelco al corazón. ¿Ha comenzado la revuelta? Winston se desilusiona al comprobar que el griterío se debe a la lucha de unas proles por conseguir unas cazuelas. “¿Por qué nunca gritaban así por algo que de verdad tuviera importancia?”, se pregunta impotente. “Hasta que no sean conscientes, jamás se rebelarán, y no será hasta después de que se rebelen cuando podrán ser conscientes”, escribe Winston. “Las telepantallas le machacaban a uno el tímpano día y noche con estadísticas que demostraban que todos tenían más comida, más ropa, mejores casas, mejores entretenimientos, que todos vivían más años, trabajaban menos horas, eran más altos, sanos, fuertes, felices, inteligentes y educados que la gente que vivió hacía cincuenta años. Ni una sola palabra de todo ello se podía demostrar ni refutar”. Soy consciente de que el libro de Orwell se puede extrapolar a cualquier época, a cualquier régimen político. Pero en toda mi vida he tenido mayor sensación de similitud que con la actual pandemia. Jamás hemos contemplado tan impasibles la propaganda gubernamental. Es realmente asombroso cómo la masa acepta las mentiras de los gobiernos sin prácticamente mover un dedo. Dudo mucho que haya habido en la historia de la humanidad una era en la que las noticias sobre algo hayan sido tan contradictorias como durante esta pandemia. Pero el problema no radica en la falsedad de las noticias. El problema real es la calma con que la población las acepta. Si hace unos meses los gobiernos y los medios de comunicación que controlan nos aseguraban que las vacunas nos iban a inmunizar al 95%, después al 70%, al 50%… para después aceptar que no inmuniza pero reduce la transmisión…  Y aun hoy día los medios de comunicación cuando se refieren a los vacunados siguen llamándolos “inmunizados”, mentira esta que debería quedar como una gran infamia. “El pasado no solo cambiaba, sino que cambiaba continuamente. Lo que más lo afectaba con aquella sensación de pesadilla era que no acababa de entender por qué se llevaba a cabo aquel enorme fraude… Al final, el Partido anunciaría que dos más dos eran cinco, y tendrías que creértelo… El Partido decretaba que tenías que negar las pruebas que veías y oías. Era su orden más esencial y definitiva. A Winston se le hundió el ánimo al pensar en el enorme poder que podría desplegarse contra él, en la facilidad con la que cualquier intelectual del Partido podría ganarlo en una discusión, con unos argumentos tan sutiles que él sería incapaz de entenderlos mucho menos de rebatirlos. ¡Y sin embargo, tenía razón! Ellos estaban equivocados y él tenía razón”. 


Hay una figura en “1984” arquetípica de todos los regímenes, que es Parsons, el vecino de Winston. Es una figura ridícula, entusiasta desmedido del régimen. Parsons tiene dos hijos odiosos que se dedican a espiar sin disimulo. El mismo Parsons se enorgullece de contar las travesuras de sus críos. “¿Sabes lo que  hizo mi hija pequeña el sábado cuando su tropa se marchó de excursión? Consiguió que otras dos niñas la acompañaran, se apartaron del grupo de paseo y se pasaron toda la tarde siguiendo a un desconocido. Lo siguieron durante más de dos horas por el bosque y después lo entregaron a una patrulla… ¿Qué crees que la hizo sospechar al principio? Vio que llevaba unos zapatos raros… Bastante espabilada para ser una chavala de solo siete años, ¿verdad?”. Parsons resulta ser el típico idiota que celebra una subida de la ración de chocolate después de ser reducida poco antes. Al final el mismo idiota de Parsons es denunciado por su propia hija. 

“La libertad es la libertad de poder decir que dos más dos son cuatro. Una vez se admite eso, todo lo demás viene a continuación”. 


Winston Smith es finalmente detenido. La “Teoría y práctica del colectivismo oligárquico”, que le fue entregada como anzuelo, le conduce directamente a la detención. El tendero que le proporciona objetos antiguos, es también un delator. Y aquí entramos ya directamente en lo importante, que es hacer creer a la gente que 2 + 2 = 5. “La libertad consiste en poder decir que dos y dos son cuatro”, escribe Winston en su diario. Cuando le alzan una mano con el pulgar oculto y cuatro dedos extendidos, se le pregunta a Winston cuantos dedos ve: “Cuatro”, responde. “¿Y si el partido dijera que no son cuatro sino cinco… cuántos habría?”. Winston vuelve a responder que cuatro. Tras torturarle Winston tiene que admitir que ve cinco dedos. Para el torturador no es suficiente. Sabe que Winston  miente. “¿Qué quieres que haga?”, ¿Cómo quieres que no vea lo que tengo delante de la cara? Dos y dos son cuatro”. “A veces, Winston. En ocasiones, son cinco. O las dos cosas al mismo tiempo”. Nueva tortura para Winston, que ya no sabe qué contestar: “Creo que hay cuatro. Vería, cinco, si pudiera. Me esfuerzo por ver cinco”. “¿Qué prefieres: convencerme de que ves cinco o verlos de verdad?”. “Verlos de verdad”, contesta Winston. 


Nuestro “2+2=5” son las vacunas. Si donde se decía que las vacunas inmunizan, para comprobar meses después, que no es verdad, el “Partido” intenta hacerme creer que estoy equivocado. En el mundo de Winston Smith el pasado era modificado. El milagro de nuestra era es que ya no es necesario modificar ese pasado. La memoria de la masa es tan débil que basta con ofrecer una realidad totalmente opuesta. Nunca una sociedad ha estado tan expuesta a las consignas, teniendo toda la información en la palma de nuestra mano. Hay una línea oficial, la verdadera, que puede ser cambiante, eso no importa. Después están los herejes, que intentan demostrar que la teoría oficial es errónea. No hay ni un solo periodista de las llamadas televisiones generalistas que sea contrario, o si quiera ponga en duda, la eficacia de las vacunas. Todos responden a un patrón perfectamente dirigido. La duda es la herejía. Para reforzar más la versión oficial, las televisiones ofrecen herejes a la masa que son verdaderos locos. Los científicos contrarios son ignorados. 


Me siento Winston en un mundo cada día más dirigido. Siento que debo obedecer a pesar de que me hago preguntas cuya respuesta solo puedo encontrar en la Resistencia. Ni siquiera la Resistencia es necesaria. Con aplicar el sentido común es suficiente. Pero reconforta ser consciente de que no soy el único que ve que dos más dos son cuatro. Es pavoroso comprobar el frenopático en el que nos hemos convertido. Bajo la amenaza de la muerte la sociedad acepta aberraciones inimaginables. Ya se están aplicando castigos a los desobedientes. Y me temo que esto es solo el principio. “No destruimos al hereje porque se nos resiste: mientras se nos resista, nunca lo destruiremos. Nosotros lo convertimos, conquistamos su mente, le damos nueva forma”. 


“La rebelión física, o cualquier movimiento preliminar hacia una rebelión, son imposibles hoy en día”. 


“Lo que opinen o no opinen las masas es algo que se mira con indiferencia”. 


“Todo miembro del Partido, vive, desde que nace hasta que muere, vigilado por la Policía del Pensamiento. Incluso cuando está a solas no puede tener la certeza de encontrarse efectivamente a solas”. 


“El Progreso tecnológico se permite solo cuando sus productos pueden aplicarse de algún modo a disminuir la libertad humana”. Los medios de comunicación se han convertido en los “Dos minutos de odio” diarios, con la diferencia de que ya no son solo dos minutos simbólicos. La cuestión no es la evidente propaganda en que se han convertido los medios. Toda la disidencia se ha convertido en “fascismo” o en ridículos personajes que la plebe rechaza de inmediato. En la actualidad no está permitido pensar. Incluso aunque uno sea consciente de que ayer escuchó o leyó un dato que hoy es el contrario. El miedo a la muerte planea sobre nuestras conciencias. Es preferible sucumbir al pensamiento único si uno quiere sobrevivir. 


Nosotros mismos nos hemos puesto la soga al cuello. Nosotros mismos hemos aceptado el control al llevar siempre aparatos en los que dejamos toda clase de huellas. Ya no hace falta controlar físicamente a las personas. Portamos en el bolsillo al Gran Hermano. Nos han engañado poniendo caramelos en nuestros aparatos pero el fin mismo es el control absoluto. Ya estamos viendo cuál es la utilidad de estos aparatos. Sirven para la vigilancia y para presentar un pasaporte que te permite beber una cerveza. La nueva tecnología es una inmensa red de pesca. Lo más desolador es que nuestra sociedad ya no tiene capacidad de defenderse. Estamos siendo atacados desde dentro. No tenemos soldados que nos defiendan porque ya a nadie le interesa defender nada. Hemos sido derrotados absolutamente. 


Hay que elegir entre la libertad y la felicidad y “para la gran mayoría de la humanidad la felicidad era la mejor elección”. “¿Qué se puede hacer contra el lunático que es más inteligente que tú, que escucha tus argumentos para luego seguir manteniéndose en ese estado de locura?”, se pregunta Winston. Finalmente, Winston sucumbe: “¡Qué fácil era todo! Únicamente había que rendirse y todo lo demás venía solo”. 


domingo, 24 de enero de 2021

Super Trump

 


La figura de Trump es de una relevancia enorme a la hora de comprender los grandes cambios que el mundo está sufriendo. No hay que fijarse en Trump: hay que fijarse en sus poderosos enemigos. Trump ha gobernado solo contra viento y marea. Ha perdido, pero ha peleado y nos ha dejado constancia de su lucha. El milagro es que haya logrado alcanzar el poder y mantenerse. No se puede gobernar con los medios de comunicación en contra. Y no estamos hablando de medios de comunicación como la televisión o la prensa: todo lo que llega a la masa al teléfono es propaganda anti Trump. Es imposible sentir simpatía por Trump: solo llega desinformación y basura mediática. 


Basta observar nuestra prensa y, sobre todo, nuestras televisiones, para darse cuenta: solo han hecho propaganda anti Trump. En los telediarios la noticia Trump del día acostumbraba a ser que su mujer tenía mala cara, que le ha rechazado la mano o que una ventisca ha despeinado al presidente. Cualquier trivialidad era buena para ridiculizarlo. Ciertamente el magnate es un personaje que se presta a la caricatura, pero también lo es su contrincante Biden (probablemente mucho más) y nuestras televisiones lo adoran. A diario la prensa ha tenido los dos minutos de odio contra Trump. Veamos algunos ejemplos sacados del diario soviético Lo País al inicio del mandato:








Trump ha sido un presidente diferente, y eso en un presidente de Estados Unidos es mucho. El continuismo ha sido la pauta general de la política americana tras la Segunda Guerra Mundial. Internacionalmente no había diferencias entre un Bush y un Obama.  La llegada de Trump supuso un soplo de aire fresco porque el presidente apenas ha querido interferir en los asuntos internacionales. 


A la opinión pública se la trae al pairo lo que ocurre en Estados Unidos excepto cuando los medios de comunicación la azuzan. Lo que se vivió con el llamado “Blacks Lives Matter” es un claro ejemplo. Absurdamente arrodillados. Lo interesante es que el racismo desaparece cuando gobiernan los “buenos”. ¿Durante todo el mandato de Obama no hubo actos racistas? Esto deja bien claro quién manda en los medios de comunicación.


Trump ha tenido decisiones insólitas y, a mi parecer, correctas, aunque poco efectivas (puesto que serán anuladas por Biden). Su salida de la OMS, la escasa intervención exterior, su enfrentamiento con los lobbys más importantes (el pack feminismo-LGTBI-racismo-cambio climático-inmigración), su denuncia del régimen chino…


Una de las primeras decisiones del presidente Biden, o mejor dicho, de su camarilla, ya que Biden es un guiñol, ha sido “destrumpizar” a la sociedad americana. Nuestras serviles televisiones han empleado la palabra, que recuerda bastante a aquello de “desnazificar”. La democracia no existe. Es una farsa. ¿De qué sirve que gobierne un Trump si todo su legado es desmontado al día siguiente por el oponente de turno? Es muy significativo que jamás la derecha derogue las leyes aprobadas por la izquierda. Lo hemos visto en España. El Partido Popular, contrario en su día al matrimonio homosexual, al aborto y a la Ley de Memoria Histórica, no se atrevió a derogarlos.  ¿Pero no fue Trump elegido democráticamente? ¿No es un agravio brutal contra quienes le votaron? La democracia no se sostiene. Cada vez es más notorio su aspecto totalitario. 


Tenemos claro un principio de democracia occidental: aunque gobierne la derecha, el verdadero poder lo ostenta siempre la izquierda. Se sabe desde Münzenberg. La diferencia es que hoy día los medios de comunicación son monstruosos. Es imposible escapar de su influencia. 


Trump no es un político. Es un empresario independiente que accedió al poder gracias a su dinero y al hartazgo de una sociedad abrumada y asqueada de la política cada vez más opresora de los magnates de los monopolios de información. Hemos visto quién gana la partida: los que controlan la información. 


Todos los acontecimientos mediáticos son aprovechados hasta la náusea por los enemigos de Trump. El último y definitivo gran golpe de efecto ha sido el asalto al Capitolio, que recuerda mucho a nuestro 11M, cuyo resultado, además de las víctimas, fue la subida al poder de un PSOE agónico. 


Es significativo como la masa despotrica contra Trump pero no se inmuta ante los verdaderos regímenes criminales. Asombra que esa misma masa aplauda la censura al presidente Trump y acepte los mensajes de los países comunistas. 


Casi toda la política de Trump la firmaría un votante de Podemos. Ya no lo recuerda nadie, pero hubo una época en la que Podemos alertaba de las consecuencias fatales del Tratado de Libre Comercio. Trump también estaba en contra. La progresía patria, muy en contra de las guerras impulsadas por EEUU, calla vergonzosamente ante el hecho de que Trump ha sido un presidente que no ha intervenido prácticamente en guerras. 




Trump le declara la guerra a Google:

 «Están controlando lo que podemos ver y lo que no»Trump se ha dado cuenta de esta situación al introducir las palabras «Trump News» en Google. «El 96% de los resultados son de medios nacionales de izquierda y es muy peligroso», afirma en uno de sus dos tuits. El actual presidente de EE.UU. además lanza una amenaza velada a las tecnológicas: «Google y otros están reprimiendo las voces de los conservadores y ocultando información y noticias que son buenas. Están controlando lo que podemos ver y lo que no. Esta es una situación muy seria, ¡se tratará!». (Agosto de 2018)

domingo, 3 de mayo de 2020

La intelectualidad gorrona




El colectivo de artistas, intelectuales y demás palmeros del régimen está pidiendo al Gobierno que no se les abandone. Es decir, piden dinero como siempre. He llegado a oír a un actor decir que ellos son “bien de primera necesidad”.  Un bien de primera necesidad son cosas como el pan, un médico o un fontanero. Se puede vivir perfectamente sin ir al teatro. De hecho, vivimos perfectamente sin hacerlo. Si hacemos una estadística sobre la cantidad de veces que vamos al año al teatro, a un concierto o al cine, veremos que sobrevivimos más o menos bien sin acudir a esos eventos. Uno come todos los días, pero no va todos los días a un espectáculo. 

Por supuesto que muchos artistas van a sufrir la crisis. ¡Como todo hijo de vecino!. Faltaría más. Yo he cobrado menos de la mitad de mi sueldo este mes e imagino que mi poder adquisitivo irá bajando a partir de ahora, ya que el endeudamiento en el que se está metiendo el Gobierno nos va a arruinar. 

Los intelectuales y artistas gorrones son casi siempre los mismos. Ponen esa cara de pobrecitos, intentan convencer de las bondades de sus trabajos y piden subvenciones. Casi todos están cortados por el mismo patrón. Son los mismos que salen a manifestarse cuando no ganan las elecciones los suyos. No son demócratas. Son gorrones hijos de Willi Münzenberg, cuyo mayor logro fue convencer a la intelectualidad de las bondades del comunismo de Stalin. 

El arte y la cultura no deben estar subvencionadas. Aplicar subvenciones a la cultura tiene ya un nombre: propaganda. El verdadero arte surge de los estratos más alejados del poder. El ministerio de cultura es hoy el ministerio de propaganda. El ministerio de cultura, ¿subvenciona y promociona películas en las que se trate de manera imparcial la Guerra Civil? ¿subvenciona películas en las que se trate bien a un falangista, por ejemplo? Por tanto, ya sabemos lo que son las subvenciones: propaganda para el populacho y dinerito para que nuestros intelectuales puedan llevar su ritmo de vida. 

A diario las cadenas de televisión afectas al régimen, todas prácticamente,  contactan por videollamada con las casas de muchos artistas y éstos nos dan ánimos con frases ya estomagantes como “esto lo vamos a superar unidos”, “de ésta salimos”, “vamos a ser mejores personas” y demás monsergas manidas hasta la náusea. Y lo dicen desde sus preciosas casas con jardín, bien decoradas, en donde al resto de mortales nos gustaría, no solo vivir el confinamiento, sino no salir nunca de allí. Es lamentable ver cómo, con cada conexión, aparece el famosete de turno, contento en su gran confinamiento, animando a que el resto lo hagamos siguiendo las medidas draconianas de su gobierno progre. 

No hay que dudarlo. Todos estos artistas, intelectuales y famosetes de tres al cuarto, estarían en pie de guerra si el gobierno de turno fuera de derechas. Cuando nuestro Gran Hermano Sánchez nos dé suelta, a buen seguro las masas le volverán a votar, contentas por su gran bondad. No tenemos nada que hacer. 

En España no habrá paz ni progreso hasta que no desaparezcan, por este orden, el PSOE, Podemos y la hueste de “artistas” e “intelectuales” que les aplauden y hacen que nos roben de nuestros impuestos para llevárselo calentito. 

miércoles, 8 de abril de 2020

La España progresista y solidaria


Voy a dejar apartado el debate sobre si hay muchos viejos en España, si son un estorbo, si son muy caros para el Estado o si sirven para algo. El debate me parece miserable. Todos vamos a llegar viejos, unos más que otros. Vemos en los telediarios el drama de las residencias de ancianos. Vemos los ataúdes. Vemos el holocausto al que se está sometiendo a nuestros ancianos. En medio de esta pandemia inaudita, no me sorprende. Llevamos años de estéril debate sobre derechos sociales como si éstos no tuvieran fin. Llevamos años con feminismo hasta en la sopa, debates sobre el sexo de los niños y demás majaderías. Pero, ¿cómo es posible que en una sociedad saturada de derechos sociales nuestros ancianos  estén cayendo como moscas? La respuesta es sencilla: porque no vivimos en una sociedad solidaria. Vivimos en una sociedad donde solo prima el “yo”. Por tanto, pocos están dispuestos a sacrificar su vida por sus padres. Los ancianos en España o viven solos o son apartados en residencias a 3000 euros al mes. El español prefiere gastarse los ahorros de sus padres en residencias que hacerse cargo de ellos. Y ahora, en medio de esta pandemia, vemos cómo nuestros mayores mueren sin remedio. Ese es el peor crimen de los españoles y su basura de progresía. 

Cuando yo era pequeño, los abuelos vivían sus últimos años  en casa de uno de sus hijos. No se abandonaban en residencias. Quienes mienten sobre el franquismo no le llegan ni a la suela del zapato a sus antepasados. Pero el hecho es perfectamente constatado: los viejos morían mejor con Franco. 

Pocas personas están dispuestas a sacrificar el estéril ocio moderno para cuidar de sus mayores. 

España no necesita más manifestaciones del orgullo gay ni de feministas descerebradas. No quiero vaticinar las consecuencias de esta pandemia. Mi impresión es que, si pasa alguna vez, los españoles seguirán siendo exactamente igual de egoístas. Estamos viendo las consecuencias de la solidaridad de postín. Pasen y vean el espectáculo de nuestras morgues. A nuestros ancianos los han matado sus propios hijos. Y seguirán desapareciendo de este estercolero mundo feliz. 

jueves, 7 de noviembre de 2019

Alemania , Leyenda Negra y Elvira Roca Barea



Alemania , Leyenda Negra y Elvira Roca Barea

La propaganda contra el enemigo es una forma de lucha tan valiosa como el campo de batalla. Quizá más porque sus efectos se dejan sentir también durante los periodos de paz. Azuzar a la masa es bien sencillo. Durante la Primera Guerra Mundial, Inglaterra utilizó una feroz propaganda contra Alemania. En ella, los alemanes aparecían como asesinos de niños, cocinaban los cadáveres de sus enemigos o asesinaban a curas en sus propios campanarios. Lo importante no es la veracidad de los hechos, sino que cumpla el objetivo para el que ha sido creada la mentira. Cuando se lee historia, o cualquier artículo de periódico, es importante tener un espíritu crítico. Todo esto es bien conocido por la historiadora María Elvira Roca Barea, cuyo libro, “Imperiofobia y Leyenda Negra” ha tenido un éxito espectacular. El libro trata sobre las leyendas negras de los imperios de Roma, Rusia, Estados Unidos y España. 

La historiadora hace mención en varias ocasiones a la equiparación del Imperio Español con la Alemania Nacionalsocialista. Se menciona un libro titulado “Ni una gota impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi”, de la belga Christiane Stallaert. Roca Barea lo incluye como ejemplo de despropósito, por supuesto. Pero ilustra perfectamente la utilización de la difamación moderna contra Alemania, que tantos ríos de tinta ha generado desde la Segunda Guerra Mundial. 

Sobre el antiamericanismo en España, Elvira Roca nos recuerda que “es sorprendente la cantidad de españoles con un título universitario que ignoran hoy día que hubo una guerra con Estados Unidos y achaca ese antiamericanismo a la influencia de la izquierda y lo resume de forma magistral:

“La larga dictadura explica la buena salud de que disfruta hoy la mentalidad de izquierdas en España. No solo en el hecho del voto, aunque también. Aquí la derecha no gana las elecciones, las pierde la izquierda. Poquísimos españoles tienen el coraje de decir en voz alta que son de derechas. Son de centro. Algún sociólogo debería hacer una interpretación de profundis sobre el hecho reiterado de que en las encuestas que se elaboran cuando va a haber elecciones, las derechas nunca ganan, aunque luego ganen. Y si ganan en las encuestas, es por un porcentaje muy inferior al que luego se da en la realidad. A los encuestados no les gusta decir que van a votar a la derecha, que en España existe como una especie de realidad virtual.”

Y aquí tenemos de nuevo otra contradicción de la izquierda patria. El antiamericanismo surge en España, primero como consecuencia de la guerra de Cuba de 1898. Más adelante con motivo del apoyo de Estados Unidos a la España de Franco. Es decir, como el progre español detesta enfermizamente a la España de Franco, la conclusión que obtiene es que los Estados Unidos apoyan siempre a las dictaduras de derechas. Por supuesto, se olvidan de que los Estados Unidos fueron enemigos nuestros y de que Franco tuvo que sudar la gota gorda para que los Estados Unidos no le borraran de la faz de la tierra. Cuando un progre ve una foto de Franco junto a Eisenhower se legitima, pero se bloquea cuando ve otra de Fidel Castro junto a Manuel Fraga. No tiene sentido ser antiamericano porque Franco pactó con ellos cuando fue el PSOE quien nos metió en la OTAN, a pesar de que nadie en España quería entrar. ¿No mantuvo también el PSOE las bases americanas y las sigue manteniendo?

Seguidamente Roca Barea hace unas reflexiones que son oro puro:

“Pero lo fundamental es que la mentalidad social aceptada y compartida por la mayoría, la opinión pública, la vox populi, es la que determina la izquierda que hay hoy en España y Europa, ya sin tierra prometida y sin dictadura del proletariado, pero con el patrimonio de la brújula moral intacto. El ciudadano de clase media que quiere ser bueno y progresista necesita esa brújula, y por eso la brújula existe. La moral siempre la administra alguien. Esto sucede en España como en Francia, como en el desierto del Gobi. Los vínculos de la izquierda española con la francesa son grandísimos. En realidad, la izquierda española viene de allí. El sistema usado por una y otra para conducir la opinión pública es casi idéntico. Consiste básicamente en apropiarse del mundo de la cultura por medio de subvenciones, premios, cargos y otras sinecuras, y controlar los principales medios de comunicación. Es un procedimiento diseñado por Lenin que Willi Münzenberg llevó a la perfección y resulta de una eficacia arrolladora. Lo explica magníficamente bien Muñoz Molina en su novela-ensayo Sepharad.”

Curiosamente, apenas hay información sobre Münzenberg en la amplia bibliografía sobre el III Reich, por no decir nada. Por más que he buscado no he encontrado nada. Así que hay que acudir a la novela de Muñoz Molina:

“Willi Münzenberg inventó el halago político a los intelectuales acomodados, la manipulación adecuada de su egolatría, de su poco interés por el mundo real. Con cierto desdén se refería a ellos llamándoles el Club de los Inocentes. Buscaba a gente templada, con inclinaciones humanitarias, con cierta solidez burguesa, a ser posible con un resplandor de dinero y de cosmpolitismo: André Gide, H.G. Wells, Romain Rolland, Hemingway, Albert Einstein. A esa clase de intelectuales Lenin los habría fusilado de inmediato, o los habría enviado a un sótano de la Lubianza o a Siberia. Münzenberg descubrió lo inmensamente útiles que podían ser para volver atractivo un sistema que a él, en el fondo incorruptible de su inteligencia, debía de parecerle aterrador en su incompetencia  y su crueldad, incluso en los años en que aún lo consideraba legítimo.”

El hallazgo es interesante. Münzenberg fue también el ideólogo de la culpabilidad de los nacionalsocialistas en el incendio del Reichstag. Es decir, que todas las mentiras sobre dicho incendio, tienen su origen en Münzenberg. A él debemos también, por tanto, el lucrativo invento de reclutar intelectuales que legitimen el marxismo y el comunismo. El invento aun lo sufrimos. Muñoz Molina sitúa la campaña internacional a favor de Dimitrov y de otros acusados del incendio, como el mayor éxito de Münzenberg. 

“La clave del antiamericanismo español resulta de la conjunción de dos factores: la buena salud de la izquierda moral y la influencia francesa, tanto en las izquierdas como de manera general en la vida cultural y social española”, escribe Roca Barea. 

Al final de su exposición sobre antiamericanismo, Elvira Roca menciona “la colisión con el islam” que culmina con el ataque terrorista de septiembre de 2001. Menciona de pasada el contexto del islamismo en la Guerra Fría pero no menciona una de las claves para entenderlo, como fue la creación del estado de Israel. De hecho, nada de lo ocurrido en el contexto internacional se puede entender sin ese hecho. Por supuesto, entiendo que un historiador no quiera meterse en semejante fregado. Sin embargo, acierta la historiadora cuando afirma que la figura de Hitler está maldita, pero que no lo están en absoluto personajes como Voltaire, Rousseau, Goethe, Fichte o Hegel, que también fueron antisemitas y que “su prestigio y su extraordinaria posición sociointelectual contribuyeron a legitimar ideas perversas, a hacerlas populares y creíbles.”

Para Roca Barea no hay “en esencia” diferencia entre la imperiofobia y el antisemitismo o cualquier otra forma de racismo. Simplifica un poco la definición de racismo cuando asegura que “el racismo tradicionalmente afirma que la etnia que tiene tal o cual color o religión es inferior a otra”.

La segunda parte de la obra comienza con una cita de Orwell:

“Buena parte de los escritos propagandistas son simple falsificación. Los hechos materiales son suprimidos, las fechas alteradas y las citas, sacadas de contexto y manipuladas para cambiar su significado”. 

La cita, sacada de contexto, es excelente. Conocido es que Orwell luchó contra los regímenes dictatoriales de su época, esto es, el fascismo y el comunismo de Stalin. Pero, ¿no sirve también la cita de Orwell para comprender la historia oficial de Alemania durante el siglo XX? Alemania, derrotada absolutamente en dos ocasiones, ha sufrido más que ningún otro país ríos de tinta de engaños y mentiras. La cuestión, por supuesto, es si escribir mentiras sobre un tirano es un sano ejercicio. O si tener dudas y exponerlo públicamente te puede llevar a la ignominia como historiador. 

Elvira Roca defiende que la Leyenda Negra sobre España está cargada de racismo. Aclara al lector que una cosa es el “racismo” a secas, y otra muy diferente el “racismo científico”. Después del nacionalsocialismo, hablar de racismo es una cuestión peliaguda. Puesto que la sangre de los españoles tenía una contaminación semítica y  mora, el rechazo a los españoles fue básicamente racista: “El racismo necesita de alguna sangre innoble y la sangre semita de los españoles viene muy oportunamente a servir de proyectil a la hispanofobia en Italia”, escribe Elvira Roca, “el calificativo de ‘marrano’, que iba directamente a lo básico, esto es, a excitar el prejuicio antisemita”. Por eso, Elvira Roca utiliza a menudo el término “hispanofobia”: “El Humanismo puso a la hispanofobia ese sello de respetabilidad que todavía perdura.”

“La identidad colectiva de los pueblos protestantes está levantada sobre la denigración de los católicos y, entre estos, España ocupa un lugar de honor.”

“Cuando un niño protestante se cristianiza y aprende los fundamentos de su religión, aprende también cómo nació esta y contra qué monstruosa nación tuvieron que batirse para que existiera.”

Elvira Roca insiste en la xenofobia para demostrar su tesis. Y me parece bien. Muchos grupos étnicos la siguen empleando y les va bien, por ejemplo, los judíos. En casi todos los países occidentales existen leyes que prohíben el antisemitismo. Así que me parece un hallazgo excelente:

“Cuando los españoles aparecieron en el horizonte alemán fueron inmediatamente incorporados al mundo welsch, de manera que poco tuvieron que hacer para que cayera sobre ellos la condenación y la xenofobia más profundas.”

“El Humanismo alemán había aprendido del italiano que los españoles eran racialmente impuros por su contaminación semita, y esta es la primera acusación que se les hace cuando en los años veinte del siglo XVI comienza a aparecer propaganda antiespañola mezclada con la anticatólica.”

Elvira Roca vuelve a insistir en el racismo:

“En el mundo de la alta cultura, el racismo contra los españoles se esparció sin dificultad.”

Recuerda el antisemitismo de Lutero:

“Lutero era profundamente antisemita y encontró en este punto uno de sus temas favoritos: ¿Qué debemos hacer nosotros, los cristianos, con los judíos, esa gente rechazada y condenada? Dado que viven con nosotros, no debemos soportar su comportamiento, ya que conocemos sus mentiras, sus calumnias y sus blasfemias… Debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas, sepultar y cubrir con basura todo aquello a lo que no prendamos fuego para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza.” (Sobre los judíos y sus mentiras, 1543).

Para Elvira Roca, existe una conexión directa entre Lutero y el nazismo. Naturalmente, Elvira Roca hace menciones generalistas  del nacionalsocialismo. Lo que la sociedad conoce del nacionalsocialismo es lo que ha visto en las películas y leído en los muchos bestsellers que existen al respecto. Entiendo que el tema sería suficiente para otro ensayo que no entra en el libro de Elvira Roca. 

Manuel P. Villatoro ha escrito varios artículos en los que presenta a Hitler como propagador de las falacias sobre la Inquisición. En un artículo publicado en ABC en julio de 2018, Villatoro afirma que la noche del 3 de febrero de 1942 Hitler cargó contra la Inquisición mediante argumentos “manidos y falsos como que en la Península habían sido perseguidas y quemadas miles de brujas.” Sin embargo, en las dos ediciones que tengo de las “Conversaciones” de Hitler, éste solo menciona las matanzas de brujas de Würzburg: “Se sabe de jueces del tribunal de la Inquisición que tenían a gloria haber hecho quemar veinte o treinta mil ‘hechiceras’. La larga experiencia de tales horrores tiene que dejar huellas indelebles en un pueblo”.  También a mí me pareció bien curiosa la afirmación. Se deben leer las conversaciones de Hitler con mucha cautela ya que fueron recogidas por dos taquígrafos y tuvieron después de la guerra mucho trasiego y sufrieron pésimas traducciones. Por otra parte, las conversaciones de Hitler se dieron en un entorno relajado y no son sino una simple curiosidad. No deben de servir para sentar tesis sobre Hitler. Semejantes declaraciones no aparecen en Mi Lucha, que es el libro que Hitler publicó. Hitler apenas hace mención de la Edad Media en su libro. En el capítulo 2 se refiere a ese periodo: “Me afligía el recuerdo de ciertos hechos de la Edad Media que no me habría agradado ver repetirse”, en referencia a las guerras de religión. En otros pasajes del libro Hitler se refiere a la Edad Media para admirar las catedrales góticas. A Hitler le disgustaban las guerras de religión. En Mi Lucha se queja de que “la situación de la Iglesia en Alemania no permite comparación alguna con Francia, España o Italia. En todos estos países se puede propagar, por ejemplo, la lucha contra el clericalismo o contra el ultramontanismo, sin correr el riesgo de que tal empeño resulte una disociación en el seno del pueblo francés, español o italiano. Cosa semejante sería imposible en Alemania, porque seguramente los protestantes no tardarían en inmiscuirse en la lucha. Una crítica que en otros países sería sustentada exclusivamente por católicos frente a intromisiones de índole política cometidas por los dignatarios de su propia Iglesia, en Alemania asumiría de hecho el carácter de una agresión del protestantismo contra el catolicismo”. No hay que olvidar que Hitler fue católico y que nunca renunció a ello. Llegó a firmar un concordato con el Vaticano. 

Elvira Roca no necesita desacreditar a Alemania porque  Alemania ya está desacreditada hace mucho tiempo. Apenas tiene necesidad de explicar lo que fue el nacionalsocialismo. Con poner una frase tipo “ya sabemos lo que ocurrió en Alemania…” le es más que suficiente. 

Sin embargo, los soldados españoles que combatieron en Rusia fueron movidos por el ideal de la salvación de la civilización cristiana, en su caso católica, y nada más. No fueron movidos por el odio racista:

Europa necesitaba crear una conciencia común que justificase una política solidaria, y esa conciencia solo podía ser fruto de la tradición cultural compartida, de esa unidad cultural que suponía el cristianismo. La construcción de Europa dependía de recuperar aquella comunidad cultural perdida. Desde esta perspectiva, la contribución española a la idea de Europa debía de hacerse desde su propia tradición cultural y política, genuina del pensamiento conservador: el universalismo cristiano del antiguo Imperio español.” (Revista de Estudios Políticos)

Carlos Caballero Jurado, en su libro sobre la División Azul explica que ese fue el planteamiento con el que fueron los españoles a luchar a Rusia contra el comunismo “ajeno a dogmas racistas, y escapando a los planteamientos puramente económicos, afirmó que a Europa solo se la podría construir desde los valores culturales forjados por la España del Siglo de Oro. Nada de acatamiento a las consignas alemanas, sino reivindicación del papel histórico de España. Unos puntos de vista cercanos a la Universitas Christiana de Carlos V, y alejados de los planteamientos biologicistas del Tercer Reich.”

Caballero Jurado incluye en su ensayo una conferencia de Castro-Rial en donde afirmó:

En estos instantes de conmoción y grandeza internacionales, en que combatimos alegremente por el Nuevo Orden de Europa, no nos es lícito desde el frente más que esculpir, con la sangre y la actitud operante de la milicia, el magnifico gesto de la nueva juventud española. España brinda, de nuevo, su presencia a Europa… Todos los pueblos de Europa se encuentran hermanados en un pasado y necesitan entrelazarse para el porvenir en una comunidad graduada jerárquicamente hacia un fin distributivo y justo… Esta idea de “comunitas perfecta”, entrevista sagazmente por las geniales concepciones de los fundadores del Derecho Internacional, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, mentes claras y penetrantes, que vivieron en días en que estuvo a punto de cuajar prácticamente la orgánica jerarquización de Europa, intuyó sutilmente la ineludible necesidad de supeditar las desordenadas apetencias nacionales al mayor ideal de una comunidad equitativa… España no solo ha ofrecido y aportado a la Cultura europea unas perennes construcciones científicas, sino que en la larga proyección de su Historia continental ha sacrificado a la idea política de la comunidad europea muchas de sus energías e intereses nacionales. No solo defendimos a Europa cuando las irrupciones orientales amenazaban a Viena, o procedentes de África nos invadían la Península Ibérica, o cuando fue asolada la quietud apacible del Mediterráneo, sino que también ofrendamos nuestros intereses concretos a la unidad continental cuando Carlos V aspiraba a ella por una Comunidad de Príncipes europeos en la que las ambiciones nacionales no pusieran en peligro la armonía de los Pueblos… La idea de una Europa en marcha expresa la realización de una misión específica de cada entidad nacional que vive en su seno. La juventud española que combate en Rusia representa el anhelo de toda una generación que en nuestra Patria exige para España una tarea concreta en el Mundo.”

Es decir, que la reivindicación de Elvira Roca de los logros españoles ya se encontraba en el espíritu de la División Azul y de gran parte del sentir español de la época. No era el racismo alemán lo que motivó el alistamiento de miles de voluntarios, sino la defensa de la civilización cristiana. 

Elvira Roca afirma que en la Edad Moderna fueron quemadas unas 50.000 brujas, la mitad en Alemania y atribuibles a la Inquisición, 27. “La caza de brujas fue mucho más intensa en los territorios protestantes que en los católicos. Lutero defendió el exterminio de las brujas con el argumento de que esto era cumplir con el precepto bíblico… Él, Calvino y otros reformadores alimentaron las creencias populares en las actividades demoniacas y en la práctica de la brujería. La caza de brujas fue usada por las distintas confesiones protestantes como una herramienta para acrecentar el poder de las nuevas autoridades religiosas que adquirían así una mayor capacidad para controlar a la población.”

De hecho, la demonización de España empieza en Alemania con Martin Lutero y alcanza con Orange cotas insuperables”, afirma Elvira Roca. Aunque la historiadora apenas alude al Tercer Reich en su obra, las veces que lo hace son suficientes para demostrar a qué ha conducido el protestantismo. Sus conclusiones son ciertamente demoledoras:

“En el Parque de los Bastiones en Ginebra se levantó en 1909, con motivo del cuatrocientos aniversario del nacimiento de Calvino, un monumento que tiene varios cientos de metros y que representa las imponentes figuras de Gillaume Farel, Calvino, Teodoro de Beza y John Knox. Habría que preguntarse qué pasaría si a alguien se le ocurriera hacerle un monumento a Torquemada, que, comparado con Calvino, parece una mascota.”

Elvira Roca repasa la historia de la persecución hacia los católicos. Explica que la población católica “vivía segregada normalmente en distritos rurales o en barrios periféricos de ciudades grandes y su nivel económico era más bajo que el de los protestantes. La mayor parte eran campesinos obreros no cualificados o semicualificados. En 1870 formaron el partido Zentrum, y aunque apoyaban la unificación y la mayor parte de las políticas de Bismarck, este estaba convencido de que los católicos constituían un obstáculo para la unificación y el engrandecimiento de Alemania. Durante el siglo XIX el catolicismo se había revitalizado en los territorios alemanes gracias al trabajo de los jesuitas y otras órdenes religiosas, aunque estaba expresamente prohibida cualquier forma de proselitismo. Muchos protestantes frecuentaban las iglesias católicas, y hasta el heredero del trono, Federico III, con el beneplácito de su padre, gustaba de ir al templo católico y asistir a la misa, aunque sin cambiar oficialmente de religión. La respuesta protestante a este reavivarse del catolicismo fue contundente.”

Recuerda Elvira Roca que en 2009, por primera vez el número de católicos sobrepasó al de protestantes en Alemania. Dato interesante. 

La historiadora reparte bofetadas a cierta intelectualidad que creíamos intocable. Comienza por Dostoievski y su famoso Gran Inquisidor, Umberto Eco y El nombre de la rosa y, especialmente a Arturo Pérez Reverte: “El inquisidor de Reverte se parece al de Schiller, al de Dostoievski, y al pavoroso Jorge de Burgos de Umberto Eco, como una gota de agua a otra… Los personajes de Reverte se mueven por un Madrid corrupto y decadente, podrido hasta los cimentos…”

En su reciente ensayo, Fracasología, Elvira Roca asegura que “Murieron en las cámaras de gas seis millones de seres humanos y no ha caído sobre Alemania la condenación eterna”. No es cierto. Alemania nunca será la misma desde 1945. El sentimiento de culpa la acompañará de por vida, a no ser que cese la llamada “Industria del Holocausto”, que tan magníficamente describió Norman G. Finkelstein. Los turistas que visitan Alemania siempre son llevados a lugares donde se les recuerdan esos tristes acontecimientos. No digamos ya la ingente cantidad de dinero que Alemania ha pagado y paga por ello. No sé exactamente en qué contexto pone Elvira Roca su frase. Me resulta incomprensible. También asegura la historiadora que “Nadie entra a historiar en Alemania o Inglaterra, para juzgar, para emitir un juicio moral sobre su ser, sobre su propia existencia”. De nuevo me cuesta entenderla. La historia de Alemania, por lo menos la historia contemporánea de Alemania, ha sido escrita casi exclusivamente por historiadores extranjeros. Probablemente se haya escrito más sobre el nacionalsocialismo en casi todos los países que sobre otro hecho histórico. En España mismo existen cientos de historiadores y aficionados que lo hacen. Nunca un hecho histórico (el III Reich) ha sido escrito con más frivolidad, falta de rigor e interés político. 

Por supuesto, solo me queda agradecer la existencia de Elvira Roca Barea. Es una mujer valiente e inteligente. Gracias a ella muchos españoles estamos empezando a despertar. Hay que leerla y propagarla. Ella es la verdadera bofetada que necesitan nuestros políticos e intelectuales analfabetos. 

jueves, 8 de agosto de 2019

El Aviador Dro y las obreras especializadas




No he sido muy seguidor de grupos musicales españoles, salvo contadas excepciones. Prácticamente casi todos los grupos surgidos en los años setenta y ochenta eran imitaciones de lo que ocurría en Inglaterra. El Aviador Dro me gustaban, a pesar de que sabía que eran una copia de Devo. Ellos no lo ocultaban. Acaba de publicarse “Aviador Dro, anarquía científica”, un libro de Patricia Godes que recopila la historia del grupo. El formato del libro es excelente pero el contenido deja mucho que desear. El problema es que, lo que en su época fue tomado como ironía, se pretende convertir en algo serio. El libro se compone de diversas colaboraciones. José Manuel Costa comienza diciendo que “el futuro en realidad empieza en el siglo XVIII, con la ilustración y el avance de las ciencias”, típico tópico de la leyenda negra española, que viene a significar que España estaba sumida en las tinieblas y que en Francia o Inglaterra sí que sabían más que nosotros. Al parecer, los españoles conquistaron el mundo a base de una misteriosa ignorancia en ciencias y llegaron a los más recónditos lugares del mundo siendo unos trogloditas. “… La verdad es que no soy capaz de vislumbrar el futuro. Es más, pienso que este sistema nos ha raptado el futuro. Una de las justificaciones ideológicas del sistema capitalista era el progreso y la idea de que con este sistema iríamos a mejor respecto a los sucesivos sistemas monárquicos inmovilizas que todo lo que permitían era imaginar utopías, como la de Tomas Moro, pero no futuro. Se nos decía que con este sistema íbamos a conquistar el futuro”. No entiendo muy bien qué tiene que ver el capitalismo con Tomás Moro. ¿Acaso la admirada Inglaterra no es una monarquía? ¿Quién nos robó “el futuro”?  El texto está plagado de la Leyenda Negra que los españoles nos tragamos sumisos durante tanto tiempo. 


El artículo de Elena Cabrera es infumable. Comienza haciendo alusión a los castigos corporales a los sufridos alumnos de la España franquista, como si en la misma época éstos no se dieran en Francia o en Estados Unidos. Por supuesto, “se canta el ‘Cara al sol’ por la mañana”. Pertenezco más o menos a la misma generación que El Aviador Dro y yo no recuerdo haber cantado jamás ese himno. No digo que no se cantara, pero en los años 60 y 70 estaba completamente en desuso y, además, no era obligatorio. Que lo cantara algún alumno del Aviador Dro no significa que fuera la norma en España.  “Un niño con discapacidad se lleva todas las de perder, le sacan a la pizarra para reírse de él y le ponen orejas de burro”. ¿Cómo se puede tener tanta desfachatez? Jamás en mi vida he contemplado una escena semejante. En todo caso, es desternillante deducir que en la España de Franco había acoso escolar cuando en la actualidad sigue siendo un problema. Seguidamente, otro tópico. Puesto que la educación estaba en manos de curas, se nos inculcaba que “Adán y Eva son nuestros antecesores. Un alumno levanta la mano. Pero eso ¿cómo encaja con la teoría de Darwin sobre la evolución del mono hasta llegar al hombre?, pregunta. Los cuarenta y cinco alumnos aguantan la respiración, a la espera de la reacción del maestro, que finalmente dice: ‘a ver si el que desciende del mono es usted”. Todos los niños se ríen en la cara del compañero. Un día cualquiera en el Isidro Almanzán”. Me pregunto cómo es posible que prácticamente toda nuestra generación, educada en los principios del nacional catolicismo, terminara en un militante ateísmo. ¿En la España de Franco no se enseñaba ciencias naturales? Más adelante Elena Cabrera se atreve a escribir que “un dictado comenzaba diciendo “la raza principal es la blanca”. Seguramente esa máxima se repetía en las escuelas de todo Occidente, no solo en la España franquista, pero aquí lo que cuenta es despistar al personal y perpetuar la idea de que la España de Franco estaba a años luz de la ilustrada Francia. Estoy convencido de que eso de que “la raza principal es la blanca” también se decía en las escuelas francesas, inglesas o italianas… pero ¿acaso ha sido la raza negra la que ha llevado al hombre a la luna? ¿Acaso para nosotros mismos nuestra raza no es la principal? Resulta curioso comprobar cómo se acusa a la religión de promover la ignorancia, cuando ha sido el laicismo el encargado de eliminar asignaturas del conocimiento humano y ha convertido nuestras universidades en fábricas de ignorantes. 


Más adelante, Elena Cabrera escribe que Servando Carballar, el líder del Aviador Dro, percibía el olor a marihuana en un portal y que sus padres viajaban sin parar… lo que permite deducir que en la España franquista se fumaba marihuana y se viajaba. Por la misma época, en los países comunistas, la gente vivía encerrada en sus países y era controlada mañana, tarde y noche, pero los progres insisten en lo de “La España gris de finales de los sesenta”. Sin embargo, la España de los años sesenta era bien en color. Fueron los años del boom económico y el país se encontraba disfrutando de los avances tecnológicos exactamente igual que sus vecinos europeos. El colmo viene cuando, nuestra Elena Cabrera nos recuerda que Servando Carballar estudió en un colegio segregado. Así a bocajarro suena como si esa España fuera Sudáfrica. Por cierto, hoy día muchas feministas de nuevo cuño abogan también por la segregación en la educación. Yo también fui segregado durante la primera parte de mi educación y no me ha quedado ningún resquemor. 


“Mientras la clase política construía una nueva superestructura democrática sobre los pilares de la Ley de Reforma Política, la juventud de las clases populares y trabajadoras hacía su propia Transición, mucho más transgresora, viva y divertida que la propuesta por el franquismo remaquillado”. Lo bueno de tener cierta edad es que uno recuerda perfectamente que la juventud de entonces pasaba mucho de la política y de Franco. Conservo revistas de la época y sé de lo que hablo. Por aquel entonces, los jóvenes no mencionábamos a Franco jamás. En cuanto murió, fue prácticamente olvidado. Buena parte de la juventud de entonces acabó enganchada a la droga. Al parecer, morir de sobredosis de heroína es una ejercicio de libertad maravilloso al que Franco privó a los jóvenes. Leo entrevistas del grupo de la época y no veo por ninguna parte referencias a Franco. 


Elena Cabrera menciona el terrorismo de Cristo Rey, pero se le olvida el terrorismo de ETA o del GRAPO, por ejemplo. Se pretende presentar como antifranquistas a los grupos musicales de entonces cuando lo cierto es que los grupos de la llamada “Movida” apenas hablaban de política. Uno de los atractivos precisamente de los grupos “modernos” de entonces era que no mencionaban a la política, ya que quienes lo hacían, que eran los cantautores como Serrat etcétera, no interesaban para nada a esos jóvenes. Se encontraban en las antípodas. 


Una de las inspiraciones de El Aviador Dro fue el movimiento conocido como “Futurismo”, fundado por Marinetti. En el libro, prácticamente no se menciona que el “Futurismo” acabó unido al fascismo (muy de paso se menciona en dos ocasiones, advirtiendo al lector de que el Futurismo también abrazó el anarquismo). Y aquí es donde se comete el error de considerar al fascismo un atraso. Roger Griffin ha demostrado con creces que el fascismo fue un movimiento de carácter modernista. La admiración del Aviador Dro por la técnica ya se encuentra en el fascismo y, especialmente en el nacionalsocialismo, tan plagado de inventos (los admirados cohetes son un invento nazi, no se nos olvide). 


El libro contiene frases tan insufribles como “Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Karol Wojtyla se afanaron en dar la vuelta a la tortilla que habían cocinado los avances científicos”, ¿a qué tortilla dieron la vuelta? ¿Acaso la humanidad sufrió un retroceso tecnológico tras el paso de esos personajes? Después, por eso de apostar por la discriminación positiva racial, se incide en que las grandes figuras de la década de los ochenta eran negras: Michael Jackson, Prince y Tina Turner, figuras por cierto, que tienen muy poco que ver en el mundo del Aviador Dro.  El apéndice de acontecimientos históricos es un totum revolutum donde llega a aparecer la “Primavera árabe”, aquel movimiento periodístico televisivo que no llevó la democracia a ningún país, y, cómo no, el movimiento 15M, ese fiasco de chavales a los que se les hizo creer que el papá Estado se lo tiene que dar todo y que la derecha es la gran culpable de todos sus problemas. También deja claro que la mayor manifestación en la historia de los USA fue contra Donald Trump. Todo el libro tiene un tufillo a Podemos y al PSOE del idiota de Pedro Sánchez, que no son sino simples marionetas de quienes idiotizan a la sociedad con consignas baratas como el racismo, el feminismo o la lucha LGTBI. Nada de todo eso me parece que puede tener cabida en un futuro. Por supuesto, el feminismo se deja notar a lo largo de todo el libro, llegando a mencionar manifestaciones feministas supuestamente históricas, o la parida de que en Arabia se ha llegado al increíble hito histórico de que las mujeres conduzcan. Es un delirio absurdo. Se llega a escribir “Obreras y Obreros especializados”, lo que resulta estomagante. Por supuesto, el papel de la mujer tiene su apartado, por más que, en su conjunto, sea más testimonial que otra cosa. 


El colaborador Jesús Rodríguez Lenin se lleva la palma. Nos lleva a su terreno explicando la transición española a su manera, con perlas del tipo “nadie con dos dedos de frente condenó ese atentado”, en referencia al asesinato de Carrero Blanco. Menciona a Luís García Berlanga, “conocido por su leve oposición al régimen y su humor cínico”, pero se omite su participación en la División Azul. No está de más recordar estas palabras de Berlanga, recogidas en "Los cuadernos inéditos de Berlanga:

         "La Falange ha creado el clima necesario para la germinación del Imperio. Imperio que cuajará el día en que, con un fusil al hombro, Franco nos señale el primer objetivo."


 Rodríguez Lenin se queja de que en la España franquista no se podía estudiar “de forma objetiva sistemas políticos como el socialismo, el comunismo o el anarquismo”, cuando es de sobra conocido que los libros comunistas se vendían perfectamente durante el franquismo, por lo menos en los últimos 15 años del régimen. Por supuesto, menciona a la censura, como si en nuestros países vecinos no existiera entonces, o como si no existiera en la actualidad. Pero el señor Rodríguez Lenin, erre que erre con el catecismo que los españoles se tenían que tragar mediante atroces sufrimientos. Eso sí, abundan loas al comunismo y a la Revolución de Octubre. Por algo el sujeto firma como “Lenin”. En todo caso, puestos a comparar adoctrinamientos, dudo mucho que en un futuro se distinga el de Franco de el de Pedro Sánchez. Hoy mismo he estado en una piscina municipal y los altavoces no paraban de lanzar consignas contra el heteropatriarcado, todo muy “1984”. 

La manida frase “cuarenta años de dictadura y la España gris de la Transición” resuena a lo largo de la obra como un mantra, queriendo dar la sensación de que cuando aparecen grupos como El Aviador Dro se vio por fin la luz, que aquella gris España era imposible. Lo que no explican es cómo aparecieron los grupos fetiches como Devo en Estados Unidos o Kraftwerk en Alemania, donde no tuvieron a Franco. 

Cuando era adolescente a mí también me gustaban las consignas tipo “derribar para construir”. Incluso puede que me tomara en serio sus panfletos. El problema, creo yo, nos viene dado cuando, ya talludos, seguimos en la misma línea. Las personas que no cambian en su vida no son interesantes. Resulta patético ver a un punk de 60 años con la misma guisa que cuando tenía 20. En su día compré el LP “Alas sobre el mundo” y el maxi “Programa en espiral”, que me gustaron mucho. Los sigo escuchando. Les vi en directo, en una pequeña sala, con muy poco público. Pero estuvieron simpáticos y entregados. Fue un gran concierto. 

El libro es un buen intento de recopilar la historia del Aviador Dro, con muy buena presentación, pero que termina resultando agotador por el omnipresente tufo progre. Confieso que me he perdido con el significado de “Nuclear sí”. Me ha dado la impresión de que la canción es presentada como un aviso y denuncia de la energía nuclear. Pero lo más seguro es que yo lo haya entendido mal.